El arquitecto como historiador (I)

Como recientemente ha observado Miguel Angel Hernández-Navarro (1), el pasado parece retornar en la forma de multitud de prácticas artísticas que aspiran a continuar, por medio de las obras, el destino de los fragmentos que recibimos como legado de todo tiempo anterior. Las posibilidades que se abren para actualizar a través de la praxis artística las historias excluídas de las narrativas oficiales, dibujan una renovada dimensión emancipadora que se quiere alejar de la nostalgia por medio de la experiencia material y afectiva. Obras como El síndrome de Guernica (2011) de Fernando Sánchez Castillo, o Oscura es la habitación donde dormimos (2004-07) de Francesc Torres, actualizan para Hernández-Navarro el pasado, desplazando el rol del artista -especialmente en el último caso-, hacia el del historiador.

La posibilidad del artista como historiador nos lleva a repensar las dificultades para un hipotético arquitecto como historiador, ya que los excesos de la posmodernidad arquitectónica parecen habernos alejado de cualquier contubernio con los métodos de la Historia. Además, tampoco es fácil reconocer en la producción arquitectónica reciente obras que reivindiquen el potencial creativo/político del legado fragmentado del pasado, o las posibilidades metodológicas que ofrece la memoria entendida como agente ensamblador entre pasado y presente.

Algunas obras próximas a esta sensibilidad, como la Sábana Santa de Tromso (2005), de Andrés Jaque, plantean la creación de situaciones arquitectónicas a partir de la manipulación de un objeto cotidiano como un pedazo de tela blanco. La propuesta reconstruye con hilo bordado las huellas materiales que su tránsito por el presente han dejado inscritas en su materialidad.  El objetivo por tanto no es tanto crear sino desvelar, por lo que hablaríamos más bien de una utilización cómplice de la memoria que los objetos arrastran consigo, así como de un acercamiento al objeto desde la perspectiva del arquitecto como arqueólogo.

Otras obras, como gran parte del trabajo de Marjetica Potrc, producen al desplazar fragmentos materiales desde sus lugares de origen a los contextos más institucionalizados del arte, una aceleración de su tiempo presente hasta convertirlos en pasado por la vía de la modificación de sus marcos espaciales y políticos. Es en este caso el rol del arquitecto como artista y etnógrafo el que parece activar una lectura más justa y solidaria de los fragmentos reconstituidos en la obra.

Me pregunto entonces, prometo investigarlo, ¿porqué no podemos actuar a modo de arquitecto como historiador ?

(1) Hernández-Navarro, Miguel Angel. Materializar el pasado. El artista como historiador (benjaminiano). Murcia: Micromegas, 2012.

Fco. Javier Sainz de Oiza en el Partenon de Atenas
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